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08 junio, 2010

La Literatura y la Magia

La literatura es como la magia.
Cuando uno escribe y logra sorprender, conmover, emocionar al otro, está haciendo una especie de truco. La persona que lee siente algo, pero no siempre puede explicarlo. Si el escritor comete el error de revelar el secreto (“lo que pasa es que hago esto, estaba hablando de aquello”), la ilusión se rompe, el truco queda expuesto y el lector dice “claro, era tan simple, se estaba refiriendo a eso que me había pasado y no me daba cuenta”, o algo así. Otras veces, el lector solo es el que descubre el secreto; eso lo alegra, lo llena de orgullo. Pero otras, las menos, uno escribe algo que lo llena de asombro, lo deja pasmado, y ni siquiera uno puede explicarlo. Eso es la magia.

26 abril, 2010

El dos puntos pe

Sin lugar a dudas nos encontramos frente a uno de los signos más ricos y enigmáticos surgidos a raíz de las nuevas tecnologías. Su mera contemplación nos llena de extrañeza, felicidad, terror, furia, complacencia, sarcasmo, nauseas y mareos. O al menos un subconjunto, a veces vacío, de dichas emociones. Es que su naturaleza indómita y pretenciosa no se contenta con la mera enunciación de una idea, y a veces incluso sospechamos que desea abarcar todo el lenguaje.
La historia de los emoticons, desde su invención en 1857, pasando por la revista puck hasta las novelas de ciencia ficción del 40, es por todos harto conocida. Pero no es hasta la llegada de Internet que estos, aunque más bien debería decir éste, cobran real preponderancia en el lenguaje de otakus, floggers, emos, compadritos y orilleros. Todos nos hemos enfrentado a estos (los emoticons, aunque también a los emos) más de una vez, y todos hemos sido derrotados varias veces por el mismo, el inefable dos puntos pe.
Su significante es harto conciso: el signo “dos puntos” seguido de una letra “pe”, preferentemente mayúscula, o sea, :P. Su significado, en cambio, es un oscuro pozo en el que se ahogan los anhelos de compresión y entendimiento de todos aquellos que se topan con el mismo. Idealmente, y despojado de todo trasfondo, el signo se interpreta como un rostro mostrando la lengua. Los dos puntos representas los ojos; la letra pe una boca en la cual sobresale la lengua al costado. Pero detengámonos en un detalle: si observamos el trazo de sus labios, notaremos que esta boca no sonríe ni demuestra amargura, y éste es uno de los puntos que más empañan su interpretación.
Habiendo establecido y estudiado sus rasgos superficiales, echemos un vistazo al signo en acción. Mi primer encuentro con el dos puntos pe fue al comenzar mi relación con Amelia. Yo entonces trataba de seducirla insinuándome con frases poco pudorosas a través del chat, cuando apareció ante mi ese rostro incitándome, su lengua que asomada entre los labios, golosa, acariciándolos cómplice.
El dos puntos pe confirmaba su excitación. Mi táctica está dando resultado, me dije, pero como no quería propasarme en el primer encuentro, opte por introducir un chiste con el cual templar el ambiente. Grande fue mi sorpresa al ver nuevamente esa lengua. En un principio pensé que quería seguir con el cachondeo, pero luego, al aguzar la vista, distinguí que tan sólo era un gesto inocente, que esa pe tan sólo escondía una sutil y juguetona replica a mi broma, símil al gesto del niño que enseña la lengua.
Con el tiempo nos fuimos conociendo y hasta nos enamoramos un poco y, cuando sentí que había llegado el momento, decidí abrir mi corazón y proponerle que me acompañase en una sesión de masoquismo mellada con algunas otras prácticas sexuales poco ortodoxas a las cuales era adepto en aquellas épocas. Lo que nunca hubiese imaginado sucedió: se había roto el encanto. Amelia, asqueada ante mi propuesta, me enseñaba un rostro crispado por la repulsión, la legua afuera, como si estuviese a punto de vomitar. En ese momento sentí que el dos puntos pe era inequívoco, terminante. Pero también cabía la posibilidad de que fuera una legua socarrona, que hubiese tomado mi declaración como una mera chanza, un chiste de los que solíamos hacernos, después de todo ella tampoco era una monja y siempre bromeábamos con frases subidas de tono. Sin saber que hacer, y aprovechando que mi mejor amigo estaba conectado, pedí su consejo. Me respondió que para él, sin lugar a dudas, esa lengua se estaba relamiendo los labios en señal de deseo, que siguiera adelante. Quedé completamente perplejo, desahuciado, no sabía que responder.
Podría terminar de contar esta historia, pero seguramente ustedes habrán pasado mil veces por situaciones similares. Prefiero no aburrirlos y seguir con otros ejemplos de la enorme y desesperante versatilidad de este signo lingüístico.
Me vienen a la mente un sinfín de situaciones, aunque no en todas he sido yo el protagonista. Por ejemplo, el otro día una amiga me contaba que cada vez que le cuenta su novio como le fue en el día, no tarda mucho en verlo asomar la lengua en señal de cansancio y hastío, como pidiéndole que se calle. Ésto no es nada raro, sé de mucha gente que al conectarse por las noches, luego de un arduo día de trabajo, al ser interpelada acerca de cómo anda responde siempre con el simpático dos puntos pe para indicar que está muerta de cansancio. O cachonda, o asqueada, todo depende del día, claro.
Una de las historias que más me llamó la atención fue la que me refirió un taximetrista durante un viaje desde el Monumento a la Florida. Resulta que el tipo andaba de trampa con una mujer que había conocido en el taxi. Una mina de guita, que parece se le había enamorado. La mina se había casado por interés, y él le decía que lo deje al marido, que se vaya a vivir con él, pero ella no se animaba. Entonces un día estaban meta chatear y chatear que consigue convencerla, y ahí mismo la mujer se pará y le cuenta todo al esposo. Le dice que lo va a dejar. ¿Y entonces que pasó? Él le preguntaba pero la mina del otro lado nada. Ni una palabra. Y medio que se empezó a preocupar, y ya casi que estaba por llamarla por teléfono, cuando vio el siguiente mensaje: “mi marido... :P”. Y claro, no entendía nada. La mina muda, ni una palabra, no atendía el teléfono. En principió pensó que el tipo se le había cagado de risa, que se había burlado. Estaba hecho una fiera, lo quería cagar a trompadas. Al final, después de un par de días, volvió a comunicarse con su amante. Parece que al enterarse del asunto, el marido se había ahorcado ahí mismo, después de discutir con ella. La mina lo había encontrado así, colgando del techo, con la lengua afuera, y a falta de palabras, sólo había podido apelar al oscuro signo para describir el cuadro.
Como verán, el dos punto pe se presta para todo, desde la rebeldía adolescente hasta las consultas médicas por chat, tan en boga hoy día en las regiones rurales y los universos virtuales. John Pasche, un precursor sin lugar a dudas, se habría inspirado en el mismo a la hora de crear el conocido logo de los Rolling Stones. Es difícil comprender hasta que punto este signo está inserto en nuestra cultura, y no es cosa de ahora, ni siquiera de hace un siglo, la cosa viene de mucho antes.
Al ver en el escudo de Atenea el Gorgoneion (la cabeza de Medusa, hirsuta de sierpes y con la lengua afuera), no puedo evitar remitirme al irredento dos punto pe, que en certera elipsis destila lo más significativo del símbolo, despojando al rostro de Medusa de todos sus atributos, excepto por esa inquietante lengua que no deja de recordarnos el terror y la locura.
El Gorgoneion fue usado ampliamente en la antigüedad como amuleto para alejar el mal. El intimidante rostro de la Gorgona, situado a la entrada de un templo o una casa, advertía al indeseado visitante que no era bienvenido. Se utilizaba para marcar límites: de acá en más está prohibido pasar, mejor no te metas. Ese gesto ancestral, utilizado por Zeus y Alejandro Magno para amedrentar a sus enemigos, hoy convive entre nosotros y ya nadie le teme, sino más bien todo lo contrario. Esto, en principio, parecería algo extraño, pero se explica por la más simple de las razones: no existe nada más delicioso y tentador que lo prohibido.

24 diciembre, 2009

El anacoreta

Al filo del abismo
Inmerso en el desierto
Abandonado en una pensión
Como un sapo
Seco de palabras
Sueña su vigilia solo
Que ya no sueña

Le chupa todo un huevo

Olvidó el sentido de la vida
Las tetas y los culos
Los golpes
La cerveza entre amigos
La dulce y frágil ilusión de eternidad
La espina y el puñal
El universo, las sonrisas
El corcho, la cera, la goma arábiga
Las dulzuras del pecado
Las ballenas

Desea de la vida
Lo que sólo dará la muerte

25 noviembre, 2009

El levante

Las camas sudadas con sangre de res, de gallina, de nostalgia.
La brasa de los cigarrillos, solitarias, sin rumbo, iluminando noches interminables como galaxias.
La ceniza olvidada en el piso, que es el futuro y el pasado.
La sonrisa, la carcajada, el llanto y el grito que nadie oye.
El perfume, que sólo engaña a los niños, y yace enterrado en la inocencia de los grandes.
Y esos seres casi de fantasía, indiferentes como dioses, que dan la vida, y la pierden al bajar del escenario.

27 julio, 2009

Amistad

Hace ya varios años estábamos con los pibes en el Berlín, un bar donde se realizan espectáculos y luego se torna en boliche. En el sótano del mismo se encuentra la pista de baile (soy generoso al llamarle así), y arriba, en el bar propiamente dicho, está el escenario en el cual se desarrolla esta historia. Estaba ya por cerrar y con un amigo y otra gente -entre los que se encontraba uno de los dueños del bar- estábamos en una mesa tomando algo cuando de repente alguien alerta “¡Hay un flaco bailando arriba del escenario!”.

El dueño del bar -conocido de mi amigo- empieza a buscar con la mirada a la gente de seguridad, en tanto que mi amigo, el Pillo llamémosle (invento apodos para encubrir su verdadera identidad), me dice “Es el Oreja , boludo!”. Sin perder tiempo trato de tomar las riendas de la situación. “Es amigo nuestro”, le digo al dueño tratando de calmar los ánimos, “Debe estar muy en pedo. Yo ahora lo bajo, no pasa nada...”. Dicho esto salgo rumbo al escenario donde el Oreja se contorsiona de formas que, porque somos amigos, y sólo por eso, podríamos denominar como baile. Cuando llego al mismo, veo en su cara dibujarse una sonrisa mayor aun a la que traía puesta al tiempo que, agitando los brazos, me invita a un abrazo.

Mientras, en la mesa, el Pillo trataba de ganar la indulgencia para el Oreja explicando que seguramente se había tomado unas copas de más, que era un buen flaco, que se lo bajaba y listo, la típica... Cuando de repente al dueño del bar se le ponen los ojos grandes como carozos y exclama “¡Ahora están los dos bailando!”, y agrega consternado. “¡Y en bolas!”

Y claro, es que cuando llegué al escenario, al igual que cualquiera haría con un amigo, ni se me cruzó por la cabeza rechazar dicho abrazo. Entonces, mientras nos abrazábamos, comprendí que él ignoraba por completo que yo estaba ahí para bajarlo. Por el contrario, y como es lógico, asumió que yo estaba ahí para acompañarlo en el baile. Así que, cuando vi que se bajaba los pantalones y empezaba a dar saltos, no pude hacer otra cosa más que bajármelos yo también y ponerme a saltar.

Esto no duró ni cinco segundos que ya venía uno de los de seguridad a sacarnos, y bien que hacía, ya que ese era su trabajo (pero no el mio). No hizo falta que dijera nada que ambos bajamos juntos del escenario y, al unísono, entonamos un “Ya nos vamos” mientras el mismo nos acompañaba hasta la puerta.

A la semana siguiente, cuando volvimos -porque siempre se vuelve al Berlín-, los de la puerta se reían y comentaban “Ahí viene los strippers del Berlín”, mientras, más con tono de invitación que carácter admonitorio, nos aconsejaban “Hoy no se vayan a desnudar, eh”.

30 abril, 2009

El Asado

Que el asado es algo muy groso, prácticamente no hace falta decirlo. Es algo que se sabe; que todos sabemos. Y de ahí que, como toda gran verdad, es fácil de aceptar pero difícil de demostrar. Su carácter, prácticamente axiomático, nos empuja a convivir con su existencia sin necesidad de ponderar o siquiera cuestionar la misma. Y he aquí el quid de la cuestión, pues sin ánimos de demostrar, pero si de exaltar esta verdad, procedemos por el conocido método de reductio ad absurdum para lograr nuestro objetivo. ¿Como sería el mundo sin asado? Está es, ni más ni menos, la pregunta que trataremos de responder a continuación.

Sin lugar a dudas, una de las consecuencias inmediatas sería que el tamaño del ego de los argentinos se reduciría a niveles comparables al de pueblos hermanos como el chileno o el paraguayo.

Se abandonaría la producción de carbón vegetal para el público, y por qué no para siempre, o acaso tiene alguna otra finalidad el mismo.

La gente, desorientada, no sabría a quien aplaudir luego de una comida al aire libre.

Chorizo y morcilla pasarían a ser palabras que aludirían únicamente al miembro masculino, y ya nadie sabría bien por que.

Los vegetarianos comenzaría a ser aceptados por la sociedad como iguales, e incluso hasta casi que se los comprendería.

El locro y las empanadas recobrarían el antiguo esplendor del que gozaran en las viejas épocas.

Aumentaría la producción de hornos de barro, de eso no caben dudas, pero no sería lo mismo.

Las abundantes escenas en que se celebran hecatombes y consecuentes asadazos que describe La Odisea dejarían de tener sentido y, con el tiempo, se inventarían nuevas aventuras para de a poco ir remplazar esos pasajes incongruentes en que la gente no hace otra cosa que comer animales asados y llorar la desgracia del héroe. Aunque no hay que dejar de tener en cuenta que también cambiaría radicalmente la historia en sí; ya que al no caer los marinos de Ulises en la tentación de comerse el ganado de Helios, no habría tampoco necesidad de que Zeus hundiese luego su barco, aumentado así las desgracias y la soledad de nuestro héroe.

Por último, y esto es incuestionable, comenzaríamos a perder la profunda y antigua fascinación que sentimos aun hoy día por el fuego (primer avance tecnológico significativo de la raza humana) y junto con está, pilar esencial en el que se inspiraron los siguientes avances, gradualmente se iría perdiendo también el interés por la tecnología y la ciencia en general. Ya no habría motivo o pulsión que nos impeliese al dominio de la naturaleza. De a poco, las viejas maquinarias dejarían de funcionar, los satélites colisionarían unos con otros en el cielo y los barcos serian tragados lentamente por el mar. La humanidad dejaría de ser tal cual la hemos conocido.

29 marzo, 2009

El fondo

Ese lugar en donde soy bueno. En donde aun te sigo queriendo. En donde se esconde ese rincón de noche que siempre me acompaña. En en donde a veces hace frió. En donde te toqué por primera vez entre las piernas, por arriba de la bombacha, y pude sentir los pelitos escapando por los costados. En donde solía sentarme en la escuela. Donde tantos están. De donde algunos pocos salieron. Que a veces acariciamos cuando la luna trepa hasta el cenit y Baco danza en las venas. Que parece estar agujereado, de tantas cosas que entran, y sobre todo de otras que salen.

17 marzo, 2009

Bichitos de la luz

El hombre necesita comer para vivir, y la naturaleza no tuvo mejor idea que atar esta necesidad al placer, para asegurarse que uno dedicase el esfuerzo necesario en no dejarse morir de inanición. A la mayoría de los mamíferos nos sucede algo parecido. A los reptiles, por otra parte, la comida no les seduce tanto. Sin embargo son capaces de hacer uno que otro truco para conseguir tirarse a reposar bajo el sol, o una lampara de rayos infrarrojos si vamos al caso. Desconozco por completo lo que pasa por la cabeza de una jirafa, un faisán o un cocodrilo, pero no me molesta en lo absoluto abusar del principio de inducción y suponer que estos también experimentan placer al encontrarse con aquel objeto que moviliza su deseo. Es así como llegamos de imprevisto a la orgía que representan cientos de bichitos de la luz golpeando una y otra vez su cabeza contra un tubo fluorescente hasta morir de éxtasis.

16 marzo, 2009

Baba de Caracol

La baba de caracol es el residuo del lento andar de estos moluscos de jardín, aunque también existe la posibilidad de que sea su único fin. Al observarla sobre la tierra, húmeda y oscura, nos recuerda a finísimos hilos de plata entreverados y acuosos. La misma no posee muchos usos que digamos, sin embargo, quienes saben afirman que puede curar la celulitis y ahuyentar males de todo tipo, siempre y cuando no tengan nada que ver con amor, dinero o salud. Los estudios de la misma por parte de la comunidad científica son escasos y no gozan de mayor relevancia dentro en estos círculos ni en ningún otros. Sin embargo, más de una vez he sorprendido a mi padre con un caracol aplicado sobre un corte o rasguño; según él sana, y yo con mi padre no discuto. Tornando nuestras miradas al mundo del arte vale la pena mencionar el empleo que hizo de ésta Leónidas Berger en su obra “Persistencia del Tiempo”. Berger utilizó la baba de trece caracoles mestizos y doce pura sangre para elaborar un cuadro en el cual retrataba, según indica su nombre (y a partir de una interpretación personal, aclaró luego el autor) la persistencia del tiempo. En la reseña de la muestra realizada por la revista “Art Intruders” Sergio Gamboa escribió: >> Sin dudas una de las más denodadas instalaciones que se han visto este año en la ciudad de Rosario. Entre las destacadas de esta serie las más comentadas fueron “Persistencia del Tiempo” y “Fragmentos impropios de la eternidad”. En “Fragmentos impropios de la eternidad” Berger compone sobre una variación de un terrario de cuatro metros cuadrados un paisaje de realista abstracción en el cual ocho caracoles se debaten en el trabajoso arte de la persistencia intentado pergeñar un cuadro de la eternidad.