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14 mayo, 2012

Otras Vicisitudes

La primera vez que se me reveló, sin siquiera sospecharlo, que esa noche iba a hacer el amor con una mujer las cosas no fueron bien. Cuando digo que no fueron bien quiero decir que no se me paró. Buscar motivos es querer buscar excusas. Puedo decir que estaba nervioso porque la chica era muy linda, mayor que yo, y la había conocido esa noche. Puedo decir que había tomado bastante. Puedo decir que no tenía forros, y en estas épocas eso es más que motivo para ponerse nervioso. También puedo decir que iba a ser mi primera vez. Creo que ese motivo vale más que todos los otros. Esa mañana fue una de las más grises de toda mi vida. Volví a mi casa como quien vuelve de un velorio.
Siempre tuve buena suerte, el hecho de que haya dejado de ser virgen es la mejor de las pruebas. Quedamos en vernos al otro día, o quizás a los dos días. Ella vivía con una amiga que se volvía los fines de semana a su pueblo. Fue una tarde, a la hora de la siesta más bien. Sinceramente he olvidado los detalles. Seguramente yo hice todo mal y ella hizo todo bien. De eso estoy seguro. De alguna forma los astros se las ingeniaron para que esa tarde todo estuviera alineado. Con la práctica, parece cosa fácil, pero aún recuerdo la zozobra de no encontrar bien el lugar en donde meterla. Hablando de libros, se suele decir que existen dos placeres. El de leer, y el de haber leído. El placer de leer lo fui descubriendo con el tiempo. El primer placer que recuerdo fue el de haber leído, o, para dejar de lado los eufemismos, el de haber cogido. La inmensa felicidad de creer que uno ya es un hombre.
Esa tarde volví a mi casa y el mundo me parecía el mejor de todos los mundos. Una rato antes había estado jugando Argentina; había ganado un partido importante. Algo mi viejo debe haberme visto en la cara, porque a mí nunca me gustó mucho el futbol, pero ni bien llegué me preguntó si no quería que fuésemos a festejar. Sin dudarlo un segundo asentí. Subimos al auto y partimos a los bocinazos hacía el monumento. Toda la ciudad, el país entero, se juntó a festejar con nosotros.

17 abril, 2012

Yoga

He invertido gran parte de mi vida en aprender a tolerar cosas que no me gustan. Hoy día creo que podría tener una novia que no me guste, un trabajo que no me guste, una casa que no me guste y, así y todo, ser feliz.
Eso lo decía como un chiste. Un chiste que casi nadie entendía. A Natalia le dio lástima cuando lo oyó, pero sonrió igual.
–Por eso –añadió Rodolfo devolviendo la sonrisa–, si el análisis me da para el orto, va a estar todo bien igual.
–Listo –dijo Natalia, y le dio un algodón mojado en alcohol–. Apretá fuerte.
Luego vació la jeringa en un tubo de ensayo, tiró la aguja hipodérmica en un contenedor especial; el resto (jeringa, sangre adosada que comenzaría a coagularse) al tacho de basura (jeringas, algodones, y más sangre que se iría mezclando con más sangre a lo largo del día).

25 octubre, 2011

El Beso

Había estado esperando más de un cuarto de hora, hasta que su suegro terminó el vaso de whisky y fue a servirse otro. El gran hombre se la pasaba hablando de dinero, sugiriéndole negocios, y tenía la molesta manía de colgarse de su brazo para reclamar su atención. Por suerte había quedado atrás, y antes de notar su ausencia, estaría aburriendo a algún otro con sus peroratas. Atravesó el salón –donde algunas parejas comenzaban a bailar– y se escabulló de la fiesta ajeno a las miradas.

13 septiembre, 2011

Cetribæ

Esa tarde me tocaba leer a mí. Eran unas veinte personas escuchando sentadas, expectantes, inútiles; al fin y al cabo no eran ella.

Comencé a leer. La historia empezaba en el jardín de infantes. Unos ojos verdes, ese verde que luego se va perdiendo con el tiempo, ese verde que la vida va apagando y es imposible encontrar en un adulto. Ella tenía ojos así de verdes, pelo oscuro, unas manitos que se perdían en los pliegues de su guardapolvo azul, como todos los otros guardapolvos azules, aunque ninguno tenía esas manos, ni esa boca breve, esos labios que nunca sonreían, salvo, a veces, cuando se perdía en sus pensamientos.

23 agosto, 2011

Sanjuanino

Se enteró, preguntó el Sanjuanino, ya le pusieron nombre. Durand lo miró con odio y luego volvió al trabajo. Valentina, creo que le pusieron. Durand cerró el puño sobre la hoja en que estaba trabajando. Sí, ya sé que es feo, se parece más a una Marta, una Elsa a lo sumo. Durand se paró de golpe, arrastrando la silla. Bueno, bueno, no lo molesto más, Doctor, dijo el Sanjuanino viendo que había logrado su objetivo. Es por una canción, sabe. Siga trabajando, que yo me voy a hacer unos mates.
Al Sanjuanino le gustaba molestar, especialmente al ingeniero Durand, nomás por saberlo cascarrabias. Salvo por un sereno que se quedaba en el piso de abajo, no solía haber mucha más gente por las noches. Antes de que trajeran la máquina, la primer computadora del país, ni siquiera el Sanjuanino se quedaba después de las doce.

08 agosto, 2011

El Resto

“Un arte cuya forma exige no ser descubierta”
-R. Piglia, Prisión Perpetua.

No nos perdamos en detalles, amor, vayamos al grano.

Nicolás me dijo que desde hace meses solo piensa en una historia. Que por más que trata, esa historia está ahí, clavada en la piel, alfileres atravesándole los párpados, sangre recorriendo las mejillas y volviendo a su boca. Un círculo perfecto puede ser también una cárcel perfecta.

No nos apresuremos. Puedes bajar la montaña corriendo y llegar al valle en un abrir y cerrar de ojos; pero si bajas despacio, puedes cogerte a todas las cabras en el camino.

Melina había sido criada en el campo, abandonada por su padre. No en vano soy profesora de lengua, me dijo, sacándose la pija de la boca y mirándome a los ojos. Una sonrisa deliciosa.

28 febrero, 2011

Andrea

Una noche de verano a Andrea se le ocurrió un juego. Arrancábamos todos las flores que había en las macetas del balcón y, cuando pasaba una pareja por debajo –no cualquiera, una que nos gustase–, dejábamos caer los pétalos al grito de: “¡Viva los novios!”.
Ella vivía enfrente, también en un segundo piso. Aun no habíamos empezado la escuela primaria. El juego no duró mucho. Apenas una o dos veces en mi balcón y alguna otra en el suyo. Cuando mi madre descubrió la causa del mal estado de sus plantas, nunca más volvimos a jugar.

21 febrero, 2011

Antes que cese el trueno, cae la lluvia

Su primer esposo fue un marino que vivía para realizar proezas en el mar. Eran los tiempos en que aun se navegaba a vela. Al año de casados, le avisaron que había muerto al tratar de cruzar el cabo de Hornos. El segundo, fue un suboficial del ejercito que partió a la guerra prometiendo que volvería pronto, y nunca pudo cumplir su promesa. El tercero, un empresario teatral. Buena persona, buen mozo, trabajador y bastante tísico. No logró pasar el invierno.
En el pueblo se empezó a decir que estaba maldita, que traía la muerte a sus amantes. Ella misma empezó también a creer esto; sin embargo, no podía evitarlo, seguía enamorándose (porque ninguna mujer amaba tanto, como había amado ella a sus maridos).

14 octubre, 2010

Más Relatos de Juan

9
Luego de investigar arduamente el tema, Juan inventa un test para detectar sueños: una serie de preguntas que al ser formuladas determinan si uno está soñando. El test no falla nunca, funciona tanto con sueños eróticos como en las más oscuras pesadillas. Todos despiertan sin problemas; comienzan a formular las preguntas y ni bien descubren que se trata de un sueño abren los ojos. Un día, o quizás una noche, no estamos del todo seguros, Juan despierta.

10
Un telegrama informa a su familia que Juan ha muerto en la guerra. Al tiempo, ignorando este detalle, Juan regresa a su casa. Hay fiesta. Sus padres no quieren ni dormir, temen que al despertar todo haya sido un sueño. El destino corrige sus errores, a la semana Juan muere en un accidente. Sus padres, sin atreverse a confesarlo, están seguros de que, cuando menos se lo esperen, volverá a aparecer.

11
Juan, un conocido blogger de internet, decide crearse un alter ego para poder expresar sus ideas más radicales sin alterar su reputación actual. Al poco tiempo, su alter ego comienza a acumular seguidores; sin embargo, descubre que aun no es tan sincero como debería, pero, temiendo perder a estos últimos debido a un cambio de linea, opta por crear un segundo heterónimo, aun más crudo y ácido. Contrario a lo que hubiese esperado, gran cantidad de seguidores comienzan a prestar oídos a este segundo, que, de tan rebelde, jamás se le podrían escapar cursilerías como las escribe Juan sin comprometer su fama. Entonces, reflexiona, así tampoco puede decir lo que desea. Tarda, pero al fin comprende que sin identidad es imposible decir lo que se piensa.

*** 

Pueden leer los primeros relatos de Juan acá: Relatos de Juan

También aprovecho para comentarles que mi cuento Final Abiero ha sido publicado en la revista Oblogo que puede conseguirse en muchos lugares de la ciudad de Buenos Aires, o leerse online en la página de la revista.


22 septiembre, 2010

La casa de al lado

Era una casa antigua. Un tapial no muy alto, terminado en unas rejas, cubría el frente. Luego venía el patio, que se extendía por el flanco izquierdo de la casa que, al igual que la vieja que vivía en ésta, estaba muy venida abajo. La arquitectura era de estilo chorizo. En el techo, alguien, alguna vez, había tratado de construir algo; sólo quedaban escombros.
A ambos lados de la casa había edificios, y en uno de ellos vivía yo, pero seguiré narrando la historia en tercera persona, porque es más fácil contar esto como si le hubiera pasado a otro.
El edificio de la derecha también era viejo, y en el segundo piso, donde vivía este chico, el pasillo –porque había cuatro o cinco departamentos por piso– terminaba en una pequeña terraza/tendedero desde donde se veía como la vieja, todas la tardes, alimentaba a los gatos del barrio.

07 septiembre, 2010

Evolución

Finalmente, después de errar por mucho tiempo, la humanidad evolucionó. Un día, así como así, todo la obra de Shakespeare había sido incorporada a nuestro mapa genético. Por mero instinto, cualquier ser humano era capaz de interpretar sus textos con la misma facilidad que supone el caminar.
Todos llevaban a Shakespeare en la sangre; cualquiera era capaz de morir de amor o sufrir el complejo de Hamlet con singular grandeza. Los villanos urdían siniestras estrategias para matar de celos a sus contrincantes, mientras tanto, otros, retozaban por la vida como chanchos, como Falstaff. Cuando los regicidas no enloquecían, eran los reyes quienes perdían la cordura por despecho. Todos sabían ser sublimes y mundanos sin siquiera haber abierto un libro, ni perdido sus horas en los cursos de Oxford o Cambridge.
Claro que, así como un perro acostumbrado a la vida fácil junto al amo ya no persigue gatos, los instintos de muchos se iban anquilosando por la falta de uso. Capaces de amar como Romeo u odiar como Edmundo, por falta de práctica, sólo conseguían balbucear las lineas de algún personaje menor e insignificante.
Ninguna historia carecía de fuerza o interés y, por ende, los libros de Shakespeare atraían tanto la atención como cualquier cosa que estuviese pasando a la vuelta de la esquina: lo que todos saben es quizás de lo que menos se habla. Y nadie hablaba de Shakespeare ni de su obra, tan sólo se limitaban a vivirla.
Y la vida siguió entre cálidas noches de sueños de verano y terribles tempestades; comerciantes mezquinos capaces de tratar hasta con carne humana; mancebos adornados como Rosaslindas, Rosalindas convertidas en mancebos; dictadores traicionados; maridos traicionados; padres traicionados; amantes traicionados; amigos fieles hasta la muerte.
Y así pasaron años, lustros, eónes sin que nadie mencionara jamás el nombre de William Shakespeare. Hasta que, finalmente un día, el hijo de un guantero de Stratford-upon-Avon decidió oír lo que había en su sangre, en la gente, y ponerse a escribir una parte de nuestro código genético.

31 agosto, 2010

Mientras No Oscurezca

¿Qué hiciste anoche? ¿Y dónde era la fiesta? ¿Cuantas habitaciones tenía la casa? ¿Qué tan antiguos los muebles? ¿Cuanta gente había? ¿Minas? ¿Cuantas en total? ¿Cómo estaban vestidas? ¿Preferís las botas con jean o zapatos y vestido? ¿Y el resto de la gente? ¿Vos a quién conocías? ¿Quién te invitó entonces? ¿Y nadie se dio cuenta? ¿Ya habían comido? ¿Y por qué había sobrado tanta comida? ¿Vos también tomaste? ¿Cuantas veces? ¿Y de qué hablaban? ¿Y vos que habías visto de Haneke? ¿Y los otros? ¿Y qué tiene que ver eso con el peronismo? ¿Cuantos estaban a favor? ¿De qué hablaba la morocha? ¿Que tan pronunciada la nariz? ¿Y vos las preferís así o chatas? ¿Estabas con tu novia, por qué no me dijiste antes? ¿Y ella que hacía? ¿Y desde cuando le interesa Flaubert? ¿También tomó? ¿Era su primera vez? ¿Y de dónde lo conocía? ¿Qué tipo de persona era? ¿Y quién puso la música? ¿Un disco o iban cambiando? ¿Y cómo bailaban? ¿Y vos mientras tanto? ¿Con quién? ¿Qué tan grandes? ¿Y de culo? ¿Qué edad tenían las que llegaron? ¿Bailaban entre ellas o también alternaban con otros? ¿Y vos desde cuando bailas eso? ¿Y tu novia? ¿Y a vos no te importaba? ¿Qué champagne? ¿Y de dónde sacaste las cerezas? ¿Quedaba rico o lo preferís solo? ¿Y qué hora era? ¿Quienes se habían ido ya? ¿Te la veías venir o no tenías idea de como era la cosa? ¿Y hacía calor o era una excusa? ¿Tanga o culotte? ¿Y quienes estaban con tu novia? ¿Quién fue el primero? ¿Y se miraban? ¿Qué era lo que más te excitaba? ¿Recién ahí te diste cuenta que estaban hechas las de la morocha? ¿Y quién la tenía más grande? ¿Qué tanto? ¿Cuanto duró? ¿De que era la torta? ¿Muy cansados quedaron? ¿Y se quedaron ahí o se fueron? ¿En taxi o caminando? ¿Me vas a responder alguna de las preguntas, o me vas a dejar preguntando sólo como un idiota?

11 junio, 2010

El Escudo de Atenea

Les voy a cantar la posta, la verdadera historia de como Perseo venció a Medusa.
Los detalles clásicos son moneda corriente, así que abreviaremos situando al joven héroe en la entrada del escondite, el antiguo templo de Atenea, donde la joven sacerdotisa fue presa de la lujuria del mar y pervertida en demonio.
(mira sus cuerpos de mármol asustado, sus rostros cegados en la eternidad, la rabia quieta, sus pechos inertes, inermes, inescrutables de glorias apagadas en una furia primitiva, horadados por vetas de cruento rubí)
Una serpiente puede percibir a un mamífero, por el calor que desprende, incluso a metros de distancia; con sólo extender su lengua adivinará nuestros rastros a través del tiempo. Y Medusa era mucho más que una serpiente. ¿De qué podría servirle entonces el dichoso casco que lo haría invisible? Bien en el culo se lo podía meter; no era a esos ojos a los que había que engañar.
(mil pedazos de luna, afiladas, frías y olvidadas, las armas descansan soñando muerte, un trozo de carne en que saciar su sed)
Y la espada... ¿de qué les sirvió a los que precedieron a Perseo? De nada. Ahí estaban aun, esperando, desparramadas por el piso o quietas en sus rígidos brazos.
Y, puesto que Perseo fue capaz de robar el único ojo a las tres hermanas, cabe suponer que no era ningún boludo. Se necesita astucia para enfrentar a unas señoras que nacieron ancianas y tejían intrigas antes de que se elevara el Olimpo. Estoy hablando de una astucia arrabalera; un tanto divina.
[Pasos: tierra, cielo, tierra, cielo, tierra y cielo. Aquí es siempre tierra, tierra y más tierra. El vientre contra el suelo, frío como la carne de los muertos, como espejos cargados de espanto.
Ojalá que este sea bueno, ojalá dure algo antes de morir.]
Sabía de un único escudo para el horror, pero tampoco había que llegar al extremo de Edipo. Con cerrar los ojos bastaba. Cerrar los ojos y confiar. Creer o reventar. Era la manera más fácil, más simple de entregarse. La forma de ganar su confianza.
(me desnudo de todo menos de mi, visto conmigo y mi carne y mi sangre y mi semen y los cientos de demonios que vagan por mi piel, que se retuercen invisibles y me abrazan. camino como una virgen al sacrificio, que acepta ser devorada por la divinidad, ser parte de ella)
[Sus músculos se tensan y aflojan, y vuelven a tensarse y distenderse, y a cada paso lo creo tropezar, pero es ágil como un gato, un pie tras el otro, el pene meciéndose entre sus piernas, avanza a oscuras, y se acerca mientras las sombras le queman la piel.]
Y hay que tener huevos. Y también estómago, pero sobre todo huevos. Era un tipo pintón, de eso no hay dudas. Un efebo en aquel entonces. Y te imaginás que Medusa no sabía para donde disparar, qué carajo hacer. ¿Era un mensajero, una ofrenda, un loco? Posiblemente, un poco de todo. Ella lo seguía atenta. Una duda, la más mínima alteración en su respiración, una sola feromona equivoca en el ambiente, y se iría directo al Hades, por decirlo de una forma correcta. Había que estar loco; pero la locura del hombre no es más que la cordura del cielo, y Perseo casi que era un dios.
[Le digo que se detenga. Su cara hace una mueca extraña. Me acerco y lentamente voy recordando. No es una mueca. Es una sonrisa. Cuando me doy cuenta una llama... no, un escalofrío, me recorre el cuerpo. Se queda quieto. Una hora quieto y en silencio. Quizás más. Lo observo respirar. Me acerco sigilosa y, con la punta de una flecha, trazo una breve marca en su pecho. Recoge la sangre en su mano y la lleva a su boca. Entonces dice: “Ahora me toca a mi”. Y camina ciego hacía cualquier parte, sabiendo que ahí me va a encontrar, y me encuentra.]
]) un brazo, un puente, unos pechos redondos y blancos (aunque solo pueda imaginar su blancura), finos como arena, que también son la tierra donde depositar mi cuerpo de naufrago, donde beber, recuperar las fuerzas, y más arriba su hombro. clavo mis dientes, grita, se abraza, se enrosca como si quisiera devorarme, y le digo que que ya estamos a mano. Una serpiente le muerde la frente. Son para asustar, apenas duelen. Él entierra sus dedos en mis cabellos, su aliento en mi boca. Al primer halago lo habría matado, pero calla. Y ahora ya no importa, puede decir lo que sea, pero sigue en silencio, apena si abre la boca y me muerde la lengua con sus colmillos, diez cuchillos rasgan mi espalda dulcemente. puedo hacerle sentir toda mi fuerza, pero dejo que su cuerpo húmedo resbale, la tomo de nuevo de sus cabellos, sus serpientes, que la llevan de mi boca a la cintura, donde siento su respiración agitarse, un áspid erguido y reflejado cien veces, cuando hacía tanto que no veía uno así, en todo su esplendor, y eso y empezar a frotarla por su cuerpo, y envolverla en la bífida punta de su lengua y sentir como un mar sus sabores, similares a los que él encuentra cada vez que su cola se enreda en sus labios, en su lengua, que perdida entre escamas la penetra, y desearía poder mirarle los ojos, quizás verdes como los míos, pero me contento con besarle los párpados, recorrer su rostro con mis lenguas y dejar que se hunda en mis pechos, y ahí, si quiere, que abra los ojos, que mire todo lo que quiera, y y que diga son las mejores tetas que he probado, su culo retorciéndose entre mis manos, firme y esquivo, y si no se la pongo creo que muero, pero ya sola va entrando, casi no hace falta acomodarla, es raro, más frío, caliente, y cada vez que entra es como si la sangre hirviera, desapareciera todo; y ella mientras tanto lo acaricia, lo recorre con su cola, por su espalda, por sus piernas, va acomodando la punta entre sus nalgas, y él se deja, y así siguen hasta quedar sin fuerzas, uno tendido junto al otro, en cucharita, él abrazándola por detrás ([
Entonces, ella lo acepta casi resignada, él comienza a asfixiarla haciendo una llave alrededor de su cuello. Se retuerce, su cola golpea contra el piso, trata de gritar; él tensa cada vez más sus brazos, deseando que termine rápido. Hasta que en un momento, nunca sabremos que fue primero, ella se queda sin aire, su cuello se quiebra. Lo que pasó luego, es historia conocida.

28 mayo, 2010

El Azar y la Fe

Dios nos vive poniendo a prueba y, desde que elegí caminar a su lado, nunca me ha fallado, ni yo a Él.
Mi padre siempre decía que si no fuese por el hábito, yo no sería más que un sinvergüenza. Sin embargo, no puedo aceptar de buena gana tal aseveración. En la congregación que dirijo nadie duda de mi sinceridad. ¿Quién quiere en el púlpito a uno de esos charlatanes que hablan del fuego y nunca se quemaron? Todos saben que mis consejos, mis sermones, provienen de Dios, pero también de la experiencia.
Nadie ignora el hecho de que me gusta el juego, ni yo lo ando ocultando. Además, si tengo inclinación natural al mismo, es porque Dios así lo quiso, y como explicó San Pablo a los Corintios, es el deber de todo hombre seguir su vocación. Antes he de sufrir mil penurias que ir en contra de la voluntad Divina. Y sépanlo: cada mañana, al abandonar derrotado la mesa de los naipes para ir a dar misa, al doblar la esquina, Dios me espera para darme ánimos; para recordarme que mi esforzado ejemplo debe de servir de admonición a los creyentes. Sólo el temor a pecar de vanidad me impide pensar en el sacrificio que realizo día a día por el bien de los demás. Y sé bien que Dios así lo quiere.
Yo nunca especulo con las cartas. Nunca miento ni trato de correr a nadie. Mi juego siempre es el mismo, manso, tranquilo, a la espera de esa bendita carta, ese as en la última mano que haga torcer la partida y nunca, pero nunca, sale. Y tanta mala suerte no puede ser casualidad, hermanos. El que esa dichosa carta nunca salga sólo puede obedecer a un designio divino. Dios me quiere desafortunado en el juego, pero asaz en santidad. Si no, aunque sea una vez, tan siquiera una vez, me dejaría ganar. No puede ser de otra manera.
Amén.

05 abril, 2010

Era la noche

Al principio me pareció extraño, pero al encontrarla en la cocina y, a pesar de mi sorpresa, tan en su casa, me tranquilicé. No me dio tiempo a que le hiciera muchas preguntas, Vamos, me dijo, que llegas tardísimo al trabajo, Qué trabajo, pregunté yo, Ya quisieras no tener que trabajar, dijo riendo mientras me entregaba el desayuno en una bolsa de papel madera y me empujaba por las escaleras: Por ahora sos taxista en Nueva York, así que mejor te apurás si querés conservar el empleo.
Al salir a la calle, aun desorientado, caminé dos cuadras a la derecha, una a la izquierda, y allí estaba mi coche. Al terminar el día había peleado con casi todos los pasajeros, me había perdido unas cinco veces tratando de volver a casa, y estaba completamente convencido de que me había vuelto loco. Mi esposa me recibió con una sopa de almejas y galletas saladas. Yo tenía tanta, pero tanta hambre, que decidí olvidar todo por unos minutos y disfrutar del banquete. No entiendo, pensé que vivíamos en Rosario, dije al terminar, no te resulta raro todo esto, Raro me resulta que después de haberte preparado tu comida favorita, y teniendo en cuenta que me puse el conjunto de encajes que ayer me regalaste, aun no te me has tirado encima. Entonces pensé que podíamos seguir hablando luego, que ahora había cosas más importantes, y que no había nada más hermoso que terminar el día a su lado y pasar juntos la noche.

03 enero, 2010

El tiempo del lobo

Llegó el tiempo del lobo. Sólo pienso en coger. Sólo pienso en matar. Morir salvaje.
Nos están cazando. Las ciudades fueron devoradas. Sólo uno cada cien aun sobrevive. Es mejor andar solo. El fuego, un lujo, muy peligroso. Hay que aprovechar la sangre brotando caliente, dulce manantial de vida.
De a poco vamos olvidando las palabras, ya nadie confía.
Comienza a correr cuando me descubre al acecho. Es apenas una niña, cosa fácil. Al ser atrapada no grita, no tiene miedo, guarda sus fuerzas para la lucha. Lo más rápido es quebrarle el cuello, sin embargo, observo pasmado, la estoy abrazando. Sus se uñas se clavan en mi rostro. Pienso en romper sus muñecas. Hago presión en sus manos, frágiles, las aparto. No comprendo qué pasa, maldito instinto. Saco el cuchillo y, presa de un reflejo involuntario, corto un pedazo de queso de mi morral. Le pregunto si tiene hambre. Se lleva un trozo de queso a la boca mientras tiembla.
Le entrego mi saco y me voy, no puedo dejarme caer en la tentación de seguir cuidándola.

29 diciembre, 2009

La cama

En una casa antigua de la calle de las acacias, llegando al río, hay una cama.

Dura como el roble que albergó su sueño antes de ser, en ella durmió un rey que escondía puñales en la almohada; mil putas que al abrir las piernas, cansadas, cerraban los ojos. El niño que durmió a su abrigo despertó hombre. Otros, jamás despertaron. Tejidas con cabellos de sirena, sus sábanas enredan la noche de los marinos y los días de los banqueros.

Muda de nombres grita perversión contra el suelo, una y otra vez, fija en el espacio sin tiempo.

Sus dueños la ignoran a conciencia; sus sirvientes la esquivan torpes, con resignación, con miedo.

La cama guarda un mensaje, cifrado en un sueño que comparte cada noche.

Nadie jamás contó el sueño, pero nunca vuelven a ser los mismos. Entre ellos se reconocen y rara vez se parecen unos a otros. Siempre vuelven.

Quién logre interpretar el mensaje podrá liberar a los demás de la cama, dicen, pero jamás del sueño.

01 septiembre, 2009

En el zaguán

La primera vez que le vi la cara a dios fue en un zaguán. Paso a narrar la historia.

Es uno de esos domingos en que la gente duerme la siesta y los árboles esparcen su sombra por las aceras. Las calles están desiertas. Las veredas son anchas y las baldosas brillan sutilmente allí donde el sol las hiere. Un perro yace en la sombra y cada tanto se oye el canto de un pájaro. Voy tranquilo, sin dirigirme a ninguna parte y dirigiéndome a todas. Al doblar la esquina, la calle se estremece en silencio. Todo se detiene. Quedan quietos los árboles, las hojas, los pájaros, las hormigas y el viento. No me detengo, continuo como si nada. La calle comienza a imitarme, y de a poco todo vuelve a la normalidad.

(Es ya la mitad de la cuadra) La casa es más bien vieja, antigua, color cemento amarronado. Una puerta alta y tallada en madera divide su fachada, a la cual, adornan dos amplias ventanas, cada una con un pequeñísimo balcón. Los dinteles están sutilmente adornados con flores de cemento en bajorrelieve; las persianas, también de madera, están cerradas. Hago girar el picaporte y, de forma menos ilógica que sorpresiva, compruebo que está sin llave. Al atravesar la misma quedo ante un vistoso zaguán. Un olor suave y persistente, con cierta reminiscencia a jazmín y muebles viejos, se esparce en el lugar. Las paredes son de mármol castaño, con vetas oscuras y rojizas que brillan tenuemente. A la izquierda, un espejo de medio cuerpo me devuelve mi efigie con un florero atravesado en el estomago. Una escalera, no más de tres escalones, divide la sala. Al final de ésta, casi un metro por delante de mí, pergeñando una mueca indescifrable, se encontraba dios.

Me asombró el hecho de que fuese tan pequeño. Mucho más pequeño que todo lo que hasta entonces, y calculo que hasta siempre, había conocido. Si embargo, más sorprendente aun, era que pudiese verlo perfectamente. Ningún detalle de su fisonomía, por más ínfimo e insignificante, se escapaba a mis ojos. Intentando comprender esto, me di cuenta de que en realidad era apenas un poco más pequeño que la puerta que daba al interior de la casa, pero, a su vez, también era un poco más chico que el florero. Miré de nuevo y comprendí que era más diminuto incluso que el ojo de la cerradura y, de igual modo, era apenas más minúsculo que la habitación en la cual nos encontrábamos. No era más alto que yo por apenas unos centímetros y, sin embargo, era el ápice de todo. Sus pies jamas tocaban el suelo.

Me pregunté si acaso esperaba que yo dijese algo. Me ponía nervioso su quietud. Al contrario de las cosas del aire, que siempre oscilan sujetas al viento o la brisa, dios parecía no estar asido más que a sí mismo. Estaba ahí, incólume e impávido, imperturbable, acaso la habitación, el mundo entero, se apoyase en él para desafiar al vacío.

Busqué sus ojos tratando captar su atención. Eran oscuros. Oscurísimos. Más negros que la noche, que la sangre, que el olvido. La nada despojada de sí misma. La vacuidad absoluta, lóbregos al punto que parecían emitir oscuridad. Un vacío que no miraba ni dejaba verse. Al torcer la mirada se me reveló el mármol de la pared con el mismo brillo del sol. Quizás eso era una respuesta.

Volví a mirar, pero esta vez no me atreví a sus ojos. Una multitud de preguntas asomaron en mi mente. Traté de pensar en nada pero no dio resultado. Pensé en una hoja, una rama, otras ramas, un tronco, mil raíces. Un terror sombrío e inefable pasó a través de mi cuerpo. Recordé a los demonios que solían atormentar a Sócrates cuando estaba a punto de cometer un error. Decidí permanecer en silencio.

No sé si fue suerte o qué, pero estaba seguro de que hacía lo correcto. Dí media vuelta y comencé a desandar mis pasos. Una duda me atacó a último momento. ¿Sería capaz de volver a encontrar ese zaguán, tan siquiera esa calle? Lo más seguro es que no. Me detuve antes de girar el picaporte y miré hacía atrás. Él seguía ahí, suave y distante, amenazando con disolverse en el aire. Decidí hacerle una pregunta, quizá una de las preguntas más vanas de nuestra existencia o, mejor dicho, de nuestra vida, pero sin dudas la pregunta justa, acaso la única, que debería responder dios.

¿Por qué es que hay algo en vez de nada?- le solté sin miramientos.

Una breve sonrisa se dibujó en su rostro y, no antes de que la situación se tornase insostenible, y todo se tiñese de misterio, respondió: “Sabés una cosa, yo a veces me pregunto lo mismo”.

17 julio, 2009

La Ronda

Alejandra, como tantas otras, ama a Gustavo, un tipo lindo al que nunca le costó convencer a la gente de que tiene una o dos cosas claras en la vida y anda siempre bien peinado.
Gustavo, como si no tuviese importancia, ama a Julieta, quien, sin perder nunca su mirada simpática, escéptica a golpes y porrazos, es capaz de oler mierda hasta en un ramo de flores.
Julieta, cuando no está cruzada, ama a Fernando, quizás porque cree que él no espera demasiado de la vida, quizás porque cuando menos se lo espera le termina demostrando lo contrario.
Fernando, pese a todo, sigue enamorado de Daniela, a quien no ve desde que terminó la primaria, y la recuerda tal cual estaba esa tarde en que le enseñó como era la cosa.
Daniela ama a María, que al tenerla entre sus piernas, le regala la felicidad con el mismo ímpetu con que al irse se la quita.
María, dueña indiscutida de sus amores, y eterna esclava de sus calenturas, está enamorada de Néstor, un profesor canoso y algo borracho que dobla su edad, y probablemente aun ni siquiera la registre.
Néstor ama a Valeria, que está empezando a sospechar que la vida le debe un par de cosas.
Valeria gusta de Julián, que cree que enamorarse es como encontrar un aroma secreto y olvidado.
Julián ama a Victoria, que se siente por encima del amor, pero no logra evitar sonrojarse cuando la sorprenden con ojos soñadores.
Victoria, sucia de noche y olvido, ama a Jacinto con brutal indiferencia.
Jacinto, que siempre anda pensando lo que dice, pero nunca dice lo que piensa, ama a Alberto.
Alberto, tipo serio si los hay, ama a la hermana Clara, su hermana, que pasa los días en un convento tratando de salvar su alma.
Clara ama a Dios; de más está decir que no es correspondida.
Dios ama a Julia con sufrido fervor, pero se priva, ya que sus reglas le impiden cuidarse, y la última de esas que se mandó, casi le cuesta el trono.
Julia sólo ama a Gastón, el más oscuro y bello de todos los gatos, que se pasean por el jardín de su casa.
Gastón ama a Luciana, hermana de su dueña, que a escondidas le regala queso, leche y atún, y además lo deja dormir en su cama.
Luciana, de ojos como mares, ama a Matías, que la sueña, pero no la ama.
Y Matías ama a Alejandra, pues no consigue desenredarse de sus miradas, pero ya se le va a pasar.

23 junio, 2009

El Desdichado

Canta, oh musa, la desdicha del Topo Aguirre; a quien el hado funesto trató con tal saña como pocas veces se ha visto.

Hubo en el principio un niño frágil e inocente que bajo el amparo de sus preclaros y dilectos padres

supo probar la ambrosía del amor y soñar un futuro brillante. Mas habiendo su padre descubierto a su madre gozando en manos del jardinero, plúgole a este quitarse la vida, pero no sin antes también arrebatársela a ella.

Lóbregos y siniestros hogares fueron testigos de sus pesares tras el acerbo suceso donde, a mal menor, fue pasto de los vicios y bajezas a los cuales se entregaban aquellos encargados de su guarda. Así y todo, hecho ya un hombre, y habiendo ganado el apodo de Topo, amén a su habilidad para esconderse hasta debajo de la tierra cuando era necesario, logró arribar al mundo de extramuros con las esperanzas cuasi intactas, o al menos, no tan maltratadas como otras zonas de su alma, por no querer acordarnos de su vejado cuerpo.

Precario en habilidades, pero también en pretensiones, a fuerza de sudor y sangre fue consiguiendo hacerse un lugar, o más bien un hueco, en el que acomodarse por las noches y trabajar durante el día. Y así, trabajando trabajando, ciertas recompensas y premios fue ganando. Claro que estos no pasaron desapercibidos, de tal modo que la admiración de las mujeres, y la envidia de los hombres, dieron por fruto que estos últimos, siempre mezquinos, urdieran un plan para quedarse con sus prendas, arruinar su reputación y quitar de en medio su fastidiosa presencia.

El plan dio resultado. El Topo fue a parar a la Cárcel, donde su grácil figura, producto de las hambrunas y trabajos padecidos, le hicieron ganar el incómodo aprecio de los demás reclusos. Aprecio que por otra parte él no compartía. Sin embargo, durante este periodo, por primera vez en su vida de suplicios encontró un hombro fraterno en el cual apoyarse. Se trataba del Cholo Quinteros que, al verlo partir nuevamente hacia la libertad, lo puso en contacto con su familia para que le dieran una mano.

En una humilde casa de adobe conoció a la madre del Cholo, que le ofreció un guiso caliente y reconfortante que le devolvió el alma al cuerpo y le hizo olvidar sus penas. Conoció también al padre del Cholo, que lo recomendó para que trabajase a su lado en una obra. Y, por último, conoció en detalle a la hermana menor del Cholo, de quien se enamoró perdidamente. Grande fue la sorpresa del Cholo al salir de la cárcel cuando su viejo amigo lo puso al corriente.

-¡Pero es una nena! -se oyó retumbar el vozarrón mientras ponía un puño en alto-. Trece años tiene nomás la pendeja. Te voy a matar, hijo de una re mil puta y la recalcada concha de tu madre.

Y así fue que, moretones más, moretones menos, el Topo Aguirre dio un paso al costado de aquella historia y volvió a salir en búsqueda de nuevas desventuras; las cuales fue encontrando: conoció la traición y el desengaño hasta el punto de poder distinguir entre sus variedades hasta la más ínfima de sus sutilezas. Probó el amargo sabor del fracaso tantas veces como algo se propusiera. Olfateo el terror y degustó el miedo con la misma maestría y detalle que un sommelier analiza un gran vino. Fue humillado, ultrajado y degradado a tal punto que el estoico más recio quebraría en llanto de tan sólo imaginar sus infortunios.

Feliz anda por la vida el Topo Aguirre. Feliz pues le encontró el punto flaco a su sino. Feliz porque entre tanta vileza y mentira logró aferrarse a la única verdad que no le fue traicionera. O como él diría con su tosca voz: No es que no tenga de qué quejarme, vio. Pero prefiero aprovechar lo que hay, que mañana le aseguro que voy a estar peor.