14 mayo, 2012
Otras Vicisitudes
17 abril, 2012
Yoga
25 octubre, 2011
El Beso
13 septiembre, 2011
Cetribæ
23 agosto, 2011
Sanjuanino
08 agosto, 2011
El Resto
28 febrero, 2011
Andrea
21 febrero, 2011
Antes que cese el trueno, cae la lluvia
14 octubre, 2010
Más Relatos de Juan
22 septiembre, 2010
La casa de al lado
07 septiembre, 2010
Evolución
31 agosto, 2010
Mientras No Oscurezca
11 junio, 2010
El Escudo de Atenea
28 mayo, 2010
El Azar y la Fe
05 abril, 2010
Era la noche
03 enero, 2010
El tiempo del lobo
Llegó el
tiempo del lobo. Sólo pienso en coger. Sólo
pienso en matar. Morir
salvaje.
Nos están
cazando. Las ciudades fueron devoradas. Sólo uno cada cien
aun
sobrevive. Es mejor andar solo. El fuego, un lujo, muy peligroso. Hay
que aprovechar la sangre brotando caliente, dulce manantial de vida.
De a poco
vamos olvidando las palabras, ya nadie confía.
Comienza a
correr cuando me descubre al acecho. Es apenas una niña,
cosa fácil.
Al ser atrapada no grita, no tiene miedo, guarda sus fuerzas para la
lucha. Lo más rápido es quebrarle el cuello, sin
embargo, observo
pasmado, la estoy abrazando. Sus se uñas se clavan en mi
rostro.
Pienso en romper sus muñecas. Hago presión en sus
manos, frágiles,
las aparto. No comprendo qué pasa, maldito instinto. Saco el cuchillo
y, presa de un reflejo involuntario, corto un pedazo de queso de mi
morral. Le pregunto si tiene hambre. Se lleva un trozo de queso a la
boca mientras tiembla.
Le entrego
mi saco y me voy, no puedo dejarme caer en la tentación de
seguir
cuidándola.
29 diciembre, 2009
La cama
En una casa antigua de la calle de las acacias, llegando al río, hay una cama.
Dura como el roble que albergó su sueño antes de ser, en ella durmió un rey que escondía puñales en la almohada; mil putas que al abrir las piernas, cansadas, cerraban los ojos. El niño que durmió a su abrigo despertó hombre. Otros, jamás despertaron. Tejidas con cabellos de sirena, sus sábanas enredan la noche de los marinos y los días de los banqueros.
Muda de nombres grita perversión contra el suelo, una y otra vez, fija en el espacio sin tiempo.
Sus dueños la ignoran a conciencia; sus sirvientes la esquivan torpes, con resignación, con miedo.
La cama guarda un mensaje, cifrado en un sueño que comparte cada noche.
Nadie jamás contó el sueño, pero nunca vuelven a ser los mismos. Entre ellos se reconocen y rara vez se parecen unos a otros. Siempre vuelven.
Quién logre interpretar el mensaje podrá liberar a los demás de la cama, dicen, pero jamás del sueño.
01 septiembre, 2009
En el zaguán
La primera vez que le vi la cara a dios fue en un zaguán. Paso a narrar la historia.
Es uno de esos domingos en que la gente duerme la siesta y los árboles esparcen su sombra por las aceras. Las calles están desiertas. Las veredas son anchas y las baldosas brillan sutilmente allí donde el sol las hiere. Un perro yace en la sombra y cada tanto se oye el canto de un pájaro. Voy tranquilo, sin dirigirme a ninguna parte y dirigiéndome a todas. Al doblar la esquina, la calle se estremece en silencio. Todo se detiene. Quedan quietos los árboles, las hojas, los pájaros, las hormigas y el viento. No me detengo, continuo como si nada. La calle comienza a imitarme, y de a poco todo vuelve a la normalidad.
(Es ya la mitad de la cuadra) La casa es más bien vieja, antigua, color cemento amarronado. Una puerta alta y tallada en madera divide su fachada, a la cual, adornan dos amplias ventanas, cada una con un pequeñísimo balcón. Los dinteles están sutilmente adornados con flores de cemento en bajorrelieve; las persianas, también de madera, están cerradas. Hago girar el picaporte y, de forma menos ilógica que sorpresiva, compruebo que está sin llave. Al atravesar la misma quedo ante un vistoso zaguán. Un olor suave y persistente, con cierta reminiscencia a jazmín y muebles viejos, se esparce en el lugar. Las paredes son de mármol castaño, con vetas oscuras y rojizas que brillan tenuemente. A la izquierda, un espejo de medio cuerpo me devuelve mi efigie con un florero atravesado en el estomago. Una escalera, no más de tres escalones, divide la sala. Al final de ésta, casi un metro por delante de mí, pergeñando una mueca indescifrable, se encontraba dios.
Me asombró el hecho de que fuese tan pequeño. Mucho más pequeño que todo lo que hasta entonces, y calculo que hasta siempre, había conocido. Si embargo, más sorprendente aun, era que pudiese verlo perfectamente. Ningún detalle de su fisonomía, por más ínfimo e insignificante, se escapaba a mis ojos. Intentando comprender esto, me di cuenta de que en realidad era apenas un poco más pequeño que la puerta que daba al interior de la casa, pero, a su vez, también era un poco más chico que el florero. Miré de nuevo y comprendí que era más diminuto incluso que el ojo de la cerradura y, de igual modo, era apenas más minúsculo que la habitación en la cual nos encontrábamos. No era más alto que yo por apenas unos centímetros y, sin embargo, era el ápice de todo. Sus pies jamas tocaban el suelo.
Me pregunté si acaso esperaba que yo dijese algo. Me ponía nervioso su quietud. Al contrario de las cosas del aire, que siempre oscilan sujetas al viento o la brisa, dios parecía no estar asido más que a sí mismo. Estaba ahí, incólume e impávido, imperturbable, acaso la habitación, el mundo entero, se apoyase en él para desafiar al vacío.
Busqué sus ojos tratando captar su atención. Eran oscuros. Oscurísimos. Más negros que la noche, que la sangre, que el olvido. La nada despojada de sí misma. La vacuidad absoluta, lóbregos al punto que parecían emitir oscuridad. Un vacío que no miraba ni dejaba verse. Al torcer la mirada se me reveló el mármol de la pared con el mismo brillo del sol. Quizás eso era una respuesta.
Volví a mirar, pero esta vez no me atreví a sus ojos. Una multitud de preguntas asomaron en mi mente. Traté de pensar en nada pero no dio resultado. Pensé en una hoja, una rama, otras ramas, un tronco, mil raíces. Un terror sombrío e inefable pasó a través de mi cuerpo. Recordé a los demonios que solían atormentar a Sócrates cuando estaba a punto de cometer un error. Decidí permanecer en silencio.
No sé si fue suerte o qué, pero estaba seguro de que hacía lo correcto. Dí media vuelta y comencé a desandar mis pasos. Una duda me atacó a último momento. ¿Sería capaz de volver a encontrar ese zaguán, tan siquiera esa calle? Lo más seguro es que no. Me detuve antes de girar el picaporte y miré hacía atrás. Él seguía ahí, suave y distante, amenazando con disolverse en el aire. Decidí hacerle una pregunta, quizá una de las preguntas más vanas de nuestra existencia o, mejor dicho, de nuestra vida, pero sin dudas la pregunta justa, acaso la única, que debería responder dios.
–¿Por qué es que hay algo en vez de nada?- le solté sin miramientos.
Una breve sonrisa se dibujó en su rostro y, no antes de que la situación se tornase insostenible, y todo se tiñese de misterio, respondió: “Sabés una cosa, yo a veces me pregunto lo mismo”.
17 julio, 2009
La Ronda
23 junio, 2009
El Desdichado
Canta, oh musa, la desdicha del Topo Aguirre; a quien el hado funesto trató con tal saña como pocas veces se ha visto.
Hubo en el principio un niño frágil e inocente que bajo el amparo de sus preclaros y dilectos padres
supo probar la ambrosía del amor y soñar un futuro brillante. Mas habiendo su padre descubierto a su madre gozando en manos del jardinero, plúgole a este quitarse la vida, pero no sin antes también arrebatársela a ella.
Lóbregos y siniestros hogares fueron testigos de sus pesares tras el acerbo suceso donde, a mal menor, fue pasto de los vicios y bajezas a los cuales se entregaban aquellos encargados de su guarda. Así y todo, hecho ya un hombre, y habiendo ganado el apodo de Topo, amén a su habilidad para esconderse hasta debajo de la tierra cuando era necesario, logró arribar al mundo de extramuros con las esperanzas cuasi intactas, o al menos, no tan maltratadas como otras zonas de su alma, por no querer acordarnos de su vejado cuerpo.
Precario en habilidades, pero también en pretensiones, a fuerza de sudor y sangre fue consiguiendo hacerse un lugar, o más bien un hueco, en el que acomodarse por las noches y trabajar durante el día. Y así, trabajando trabajando, ciertas recompensas y premios fue ganando. Claro que estos no pasaron desapercibidos, de tal modo que la admiración de las mujeres, y la envidia de los hombres, dieron por fruto que estos últimos, siempre mezquinos, urdieran un plan para quedarse con sus prendas, arruinar su reputación y quitar de en medio su fastidiosa presencia.
El plan dio resultado. El Topo fue a parar a la Cárcel, donde su grácil figura, producto de las hambrunas y trabajos padecidos, le hicieron ganar el incómodo aprecio de los demás reclusos. Aprecio que por otra parte él no compartía. Sin embargo, durante este periodo, por primera vez en su vida de suplicios encontró un hombro fraterno en el cual apoyarse. Se trataba del Cholo Quinteros que, al verlo partir nuevamente hacia la libertad, lo puso en contacto con su familia para que le dieran una mano.
En una humilde casa de adobe conoció a la madre del Cholo, que le ofreció un guiso caliente y reconfortante que le devolvió el alma al cuerpo y le hizo olvidar sus penas. Conoció también al padre del Cholo, que lo recomendó para que trabajase a su lado en una obra. Y, por último, conoció en detalle a la hermana menor del Cholo, de quien se enamoró perdidamente. Grande fue la sorpresa del Cholo al salir de la cárcel cuando su viejo amigo lo puso al corriente.
-¡Pero es una nena! -se oyó retumbar el vozarrón mientras ponía un puño en alto-. Trece años tiene nomás la pendeja. Te voy a matar, hijo de una re mil puta y la recalcada concha de tu madre.
Y así fue que, moretones más, moretones menos, el Topo Aguirre dio un paso al costado de aquella historia y volvió a salir en búsqueda de nuevas desventuras; las cuales fue encontrando: conoció la traición y el desengaño hasta el punto de poder distinguir entre sus variedades hasta la más ínfima de sus sutilezas. Probó el amargo sabor del fracaso tantas veces como algo se propusiera. Olfateo el terror y degustó el miedo con la misma maestría y detalle que un sommelier analiza un gran vino. Fue humillado, ultrajado y degradado a tal punto que el estoico más recio quebraría en llanto de tan sólo imaginar sus infortunios.
Feliz anda por la vida el Topo Aguirre. Feliz pues le encontró el punto flaco a su sino. Feliz porque entre tanta vileza y mentira logró aferrarse a la única verdad que no le fue traicionera. O como él diría con su tosca voz: No es que no tenga de qué quejarme, vio. Pero prefiero aprovechar lo que hay, que mañana le aseguro que voy a estar peor.