05 abril, 2010

Era la noche

Al principio me pareció extraño, pero al encontrarla en la cocina y, a pesar de mi sorpresa, tan en su casa, me tranquilicé. No me dio tiempo a que le hiciera muchas preguntas, Vamos, me dijo, que llegas tardísimo al trabajo, Qué trabajo, pregunté yo, Ya quisieras no tener que trabajar, dijo riendo mientras me entregaba el desayuno en una bolsa de papel madera y me empujaba por las escaleras: Por ahora sos taxista en Nueva York, así que mejor te apurás si querés conservar el empleo.
Al salir a la calle, aun desorientado, caminé dos cuadras a la derecha, una a la izquierda, y allí estaba mi coche. Al terminar el día había peleado con casi todos los pasajeros, me había perdido unas cinco veces tratando de volver a casa, y estaba completamente convencido de que me había vuelto loco. Mi esposa me recibió con una sopa de almejas y galletas saladas. Yo tenía tanta, pero tanta hambre, que decidí olvidar todo por unos minutos y disfrutar del banquete. No entiendo, pensé que vivíamos en Rosario, dije al terminar, no te resulta raro todo esto, Raro me resulta que después de haberte preparado tu comida favorita, y teniendo en cuenta que me puse el conjunto de encajes que ayer me regalaste, aun no te me has tirado encima. Entonces pensé que podíamos seguir hablando luego, que ahora había cosas más importantes, y que no había nada más hermoso que terminar el día a su lado y pasar juntos la noche.


Cantó el gallo y aun no se veía el sol en la ventana, pero el aroma del desayuno me decidió a levantarme. Bajé la escalera convencido de que aun estaba soñando: toda la casa era de madera y mi esposa cocinaba en una estufa a leña. Te preparé panceta y guisantes, hoy te espera un día duro en el puerto, Cómo que en el puerto, pregunté pasmado, Hoy llega el Wilhemina al puerto de Amsterdam, necesitan estibadores, y vos tenés brazos fuertes y una gran espalda, respondió al tiempo que me entregaba un abundante plato de comida. Terminé el desayuno y casi por instinto caminé dos cuadras a la derecha, una la izquierda, y me topé con el puerto. Al parecer allí todos me conocían. No me atreví a preguntar nada, era temprano y no tenían aspecto de ser buenos conversadores.
De dónde sacó mi esposa que yo tenía brazos fuertes realmente no lo sé, a la segunda bolsa que cargué ya me dolía todo el cuerpo. Sin embargo, como pude, terminé la jornada y me fui a recorrer la ciudad. Las piernas me temblaban cada tanto, sin embargo, no podía parar. Caminé junto al canal un buen tramo y al llegar a la plaza me senté. Todos vestían y olían tan extraño que no podía dejar de mirar. Calculé que sería el siglo diecinueve, pero no quise preguntar por miedo a que me trataran de loco. Por la noche, ya de vuelta en casa, apenas si pude mantenerme unos instantes despierto.
Hubo un día en que desperté y el sol hacía rato sobrepasaba el horizonte. Qué hora es, pregunté a mi esposa que se asomó por la ventana y respondió, Tarde, pasado el mediodía, Y hoy no tengo nada que hacer, inquirí conteniendo mi entusiasmo, Claro que tienes, dijo mansamente, tienes todo un imperio por gobernar. Ya en ese entonces sabía perfectamente que con esas cosas no bromeaba, así que me levanté tan rápido como pude y, aunque no había mucha diferencia entre mi ropa y las sábanas que cubrían la cama, dada la terrible responsabilidad que pesaba sobre mis espaldas, más que nada teniendo en cuenta la hora que era, corrí dos cuadras hacía la derecha, una a la izquierda, y llegué a un edificio ubicado en el foro.
Recién al entrar caí en la cuenta de que no sabía bien que hacer. No sabía como se firmaba un decreto, ni como se promulgaba una ley. Ni siquiera estaba muy seguro de a quién debía dirigir mis ordenes, que ya que estamos, tampoco sabía bien cuales eran. Porque sería muy fácil decir: “Que se haga justicia”, pero así no funciona la cosa. Además, tampoco sabía mucho de los asuntos del imperio, así que me acerqué a uno que andaba por ahí y, adoptando un aire distraído, pregunté, En qué andábamos... Me miró un tanto sorprendido y no tardé mucho en comprender que, si bien desconocía la respuesta, el temor a mi persona le impedía decírmelo. Balbuceaba cosas que para mí no tenían mucho sentido, y seguramente para él tampoco. Traté de tranquilizarlo y pasar a otra cosa. Por fin, llegada la tarde, alguien se acercó y preguntó si me parecía bien crucificar a los sacerdotes de la última región que habíamos anexado al imperio, pues mostraban cierta reticencia a aceptar nuestros dioses. Traté como pude frenarle un poco el carro, le sugerí que viera qué tal eran esos otros dioses, si diferían muchos de los nuestros, que por ahí tampoco eran tan distintos, después de todo los sacerdotes se parecen todos, y si no matábamos a los nuestros, por qué matar a los de ellos, quizás si se esforzaban un poco podían llegar a una solución menos violenta. Creo que mucho no comprendió lo que trataba de explicarle, aunque, por otra parte, yo tampoco lo tenía del todo claro. Espero que haya servido de algo, aunque asumo que esas cosas necesitan de más tiempo del que tenía.
Se hizo de noche y me quedé pensando en si mis acciones realmente tendrían alguna influencia en el futuro. Era la primera vez que, después de haber pasado por muchos trabajos, me tocaba uno de gran responsabilidad. Nunca antes me había preguntado sobre el destino de aquellas acciones que se iban acumulando en mi pasado, ya que en realidad, sólo para mí existía ese pasado, pues muchas veces mi ayer había transcurrido varios siglos adelante, si es que tenía algún sentido hablar de atrás y adelante, al menos en cuanto a al tiempo se refiere.
Una mañana, mucho antes, le pregunté a mi esposa qué era lo que recordaba del día anterior. Que te has enrolado en el ejercito, me dijo, hoy mismo partes a la guerra. Cómo que la guerra, pregunté un tanto alarmado, yo soy más bien tirando a pacifista, Qué significa pacifista, preguntó, Que prefiero estar vivo y no tener que matar a nadie, Pero eso no se puede, respondió agitada, hay que echar las los ingleses primero, Igual no me siento muy bien, creo que hoy me voy a quedar acá, mañana me les uno, Nada de eso, te vendrán a buscar, insistió, Pero me puedo esconder debajo de la cama, y vos les decís que ya he salido, Mejor te vas ahora, dijo mientras me habría la puerta, yo te esperaré el tiempo que sea necesario.
No había caso, estaba empecinada en que me alistase. Salí a la calle y caminé, como quien no quiere la cosa, dos cuadras a la derecha y, disimuladamente, cuando nadie miraba, volví a doblar a la derecha y corrí hasta un pequeño bosque donde esconderme. Había decidido que de ningún modo partiría hacia Bunker Hill. Primero, la idea de matar y, especialmente, morir en la guerra, no me seducía en absoluto; segundo, y acaso más importante, hasta ahora siempre había vuelto a mi casa por las noches, y temía quedar atrapado por siempre en esta historia de no hacerlo. La mía era una actitud gatopardista, comprendí, la estrategia no era otra que cambiar un poco la rutina diaria para que el resto de mis días siguieran igual.
Permanecí escondido hasta la noche y, cuando ya todos dormían, retorné a mi casa ocultándome entre las sombras. Entré como un ladrón, por una ventana abierta. Mi esposa, aun despierta y preocupada, me habían estado buscando. Lo primero que me dijo fue que nunca pensó que estuviese casada con un cobarde. Le dije que mañana todo se arreglaría, que no había por que preocuparse. No me creyó, y no había manera de calmarla, estaba hecha una furia. Resignado, le dije que me entregaría, que la amaba y ya nada tenía sentido sin ella, que mañana seguramente sería fusilado, pero que a manera de último deseo, a fin de cuentas era un condenado, me dejase descansar esa noche a su lado. Imagino que saberme dispuesto a morir la convenció de que no era un cobarde y, debatiéndose entre la compasión y el amor, terminó aceptando. Nos fuimos juntos a la cama.
Por lo visto mi tarea del día no era ser soldado, sino desertor, y también un tramposo. Pero había cosas que aun no comprendía del todo, y acaso el saber me parecía más noble que andar improvisando un heroísmo que no sentía en absoluto.
La mañana siguiente fue el día más frío de mi vida. No había terminado de abrir los ojos cuando mi mujer, con tono autoritario, me sacó de la cama para que vaya a buscar leña, que se estaba apagando el fuego. Caminé apurado cien pasos a la derecha, cincuenta a la izquierda, y me encontré con un hacha y varios troncos casi congelados. El viento y la nieve me hicieron pensar que estaría en algún lugar de Siberia o Tierra Del Fuego. Apuré el trabajo y al volver a la cabaña mi esposa me respondió que se tratada de Islandia y, que además, ella no era exactamente mi esposa: yo era sólo un esclavo, Pero con nuestros esposos de viaje, se apuró a decir, y ya me estrujaba contra su pecho al tiempo que me reclama por qué había tardado tanto allá afuera, y más con este frío, y ese aroma dulzón que era también el escote que ya casi se desataba, soltándose entre mis labios y mis dientes, porque otra cosa no podía hacer, y además nada mejor para el frío que una piel tan blanca, que arreciaba caricias entre las sábanas, que nunca estaban conformes y querían meterse entre nosotros, que nos apretábamos más fuerte, como para que no entrara ni el aire, siempre tan frío, aunque todo olía un poco a cielo, pero no el de acá, sino otro, el de alguna isla perdida en el pacífico donde el sol calentaba la piel a los duraznos, o los kiwis, o las ciruelas, o lo que creciera por allí, que acá con tanto frío lo que crecía eran otras cosas.
Y entre esos revolcones en que consumíamos el día, yo me ponía a pensar, Habría cumplido ese otro yo finalmente la promesa del día anterior, de entregarse a la muerte, así sea en algún otro universo, o simplemente se había desvanecido en el cambalache de recuerdos al que yo llamaba pasado. Habría consecuencias en mis actos, o estás no tendrían más alcance que el de mi imaginación. Podían resumirse en un día los límites a mi impunidad. Sin duda no era así, estaba mi memoria, y eso es algo a que atenerse, algo que permanece y no es fácil de borrar. Lo cual también es una dicha, pues no debe ser fácil vivir sin pasado, aunque no siempre éste nos pertenezca del todo.
A veces pienso que lo peor es la incertidumbre, ese instante al despertar en que uno cree que se encontrará con una puerta o una pared en tal lado, y entonces descubre en su lugar una ventana o un armario, y no sabe bien por qué, ni cómo llegó allí, y por más esfuerzo en recordar uno sigue sin saberlo. Eso es lo que más se extraña, la tranquilidad del despertar, pero también es lo que hace que todo valga la pena. Si un día me levanto en un castillo, rodeado por paredes de papel, las altas murallas afuera, quizás al otro me despiertan unas gotas de lluvia repicando en mi cabeza, en una choza de paja donde llueve más adentro que afuera, y a cien años de los frívolos placeres de la vida cortesana. Y entonces hay que salir a hacer canales para que no se inunde la huerta, y uno podría decir, No, no los hago, total mañana es otra historia, pero ahí aparece ella con sus gritos que dejan muda a la tormenta, y al fin y al cabo si estoy aquí es por ella, porque antes nada de esto pasaba, y desde que nos encontramos se ha convertido en mi única certeza.
En un tiempo la creía bruja, o demonio, hasta que un día desperté en poblado de Schwerin y mi mujer me dijo que tenía que asistir a un juicio. Aparentemente yo era juez o parte del jurado. Pasadas las tres cuadras que me separaban de juzgado me encontré con todo el pueblo aguardando mi llegada. La imputada era una joven a quien se acusaba de brujería. Al entrar al recinto me costó encontrar algún hombre que no se la estuviera comiendo con la mirada. Ciertamente no carecía de encantos la mozuela, lo cual difícilmente podía decirse de las damas que se encontraban en el bando demandante. Además, se rumoreaba que el primogénito de una acaudalada familia de zona estaba perdidamente enamorado y quería pedir la mano de la muchacha, cuya familia difícilmente tuviera el dinero para la dote. El pueblo, más que casada, la quería asada, incluso los más jóvenes, quienes buscaban en el calor de la hoguera una forma de alimentar su deseo insatisfecho, ahora trocado en resentimiento.
Las acusaciones se hicieron oír: Dicen que la vieron ejecutar el osculum infame en el bosque, dijo una con gesto de estar probando el acervo sabor de sus palabras, al tiempo que alguien a mi lado me aclaraba, con vos socarrona y al oído, Besándole el culo al diablo. Y quién dice, pregunté yo, Usted no querrá que expongamos la virtud de quien ha quedado marcada de por vida al tener que presenciar, contra su voluntad, tales actos, De Eva en adelante, dije yo, toda virtud ha sido manchada, y no creo que una mancha más, amen de un fin justo, sea algo que nuestro Señor no pueda borrar en caso de llegar a ser necesario. Una joven exaltada, las mejillas coloradas más por la emoción que la vergüenza, profirió una narración que seguramente excitó a más de uno, mientras todos se santiguaban para alejar al demonio de sus pensamientos.
Entonces comencé a interrogar a la chica que había hablado: si me decía que lo había visto desde cerca, yo le preguntaba como había hecho para que no se percataran de ella, y si me decía que no desde tan cerca, yo inquiría acerca de si estaba lo suficientemente segura de que no se trataba de otra persona, y cuando ella ratificaba lo visto, entonces yo le preguntaba si podía indicarnos en que parte del cuerpo se encontraba la marca del pacto entre Satán y la acusada, y ella no estaba segura de si en la cadera, el tobillo o la espalda, y alguien, aprovechando la volada, sugería que le levantasen la falda a la hechicera, a ver si se le veía la cola, pero como todos saben, sólo los demonios tienen cola, así que no tenía sentido tal prueba, y entonces a mí me parecía que, dado que no contábamos con la suficiente evidencia para condenarla, lo mejor sería proceder mediante algún método científico, como la prueba del agua.
Ya junto al pozo, mientras verificara las ataduras de la muchacha previo a sumergirla, le dije en voz baja que antes de entrar al agua respire hondo y luego vacíe los pulmones, de ese modo se sumergiría fácilmente, y luego de unos segundos nosotros la sacaríamos afuera. Si se ponía nerviosa, y comenzaba a patalear, jamás se hundiría, y todos dirían que se trataba de una bruja, ya que sólo las brujas son tan livianas como para flotar en el agua.
Por suerte no era tonta e hizo lo que le dije sin problemas. Luego de unos segundos en que permaneció bajo el agua, dí la orden de que la sacaran, que no había necesidad de ahogar a una pobre inocente. La gente del pueblo, no muy contenta con el veredicto, sugería que se hagan otras pruebas, pero ya era hora de dejar de molestar a la chica y llevarla junto al fuego, pero sólo para que se seque. Al verla junto al hogar me recordó a mi esposa, y temí que algún pudiese correr esa misma suerte.
Cuando la familia vino en su búsqueda les recomendé que abandonaran el pueblo lo antes posible. Si bien habían logrado evitar la condena, esto no haría más que enfurecer a los resentidos, que ni bien tuvieran oportunidad atacarían con más fuerza, y yo no estaría siempre para ayudarlos. Pusieron mala cara al oír esto, pero la joven, que pareció comprenderlo todo, me apartó del resto y dijo, No es culpa de ellos, yo a veces me busco los problemas, pero ya sabré cuidarme mejor de ahora en adelante. Luego me tomó las manos en señal de agradecimiento y, cuando se estaba yendo, volvió su mirada, como si recordase algo, y dijo, Usted ha hecho mucho por mí, realmente no tengo palabras para agradecerle, pero puede quedarse tranquilo, que su mujer no es de las mías. Se fue mostrando una sonrisa aviesa y divertida.
A veces sueño que despierto sólo, desconocido, atrapado en un día sin horas, interminable. Entonces al despertar me abrazo a su cuerpo, que dormido se acomoda al mio. En ese acto instintivo de la noche se resumen todas las posibilidades de escape a la pesadilla. Su lenta respiración hace que las horas vuelvan a fluir, pero también las rebela. Todo se pierde en el tiempo, o casi todo. La única manera de contar los días es apelar a mi memoria, y me sería imposible en este momento dar una cifra exacta de hace cuanto vagamos, o precisar cuantos años tengo. La mayoría de los días, los lugares, son tan difíciles de retener como el recuerdo de un sueño.
Cuando todo empezó, después de ver su sonrisa esa noche, de escucharla reír así, sabía ya que ningún día sería el mismo. De alguna forma todo había cambiado, todo parecía ausente, en tránsito, sólo acusado por una breve brisa nocturna; y luego despertar para encontrase con el otro resto de la vida. Hay cosas que nunca sabré, o más bien no sé si tendría el valor de averiguar. Qué pasaría con un niño, un hijo de su vientre. Nos seguiría a través del tiempo, los trabajos y los días, o quedaría perdido en su propia historia. A veces trato de dejar mensajes: una inscripción en un árbol de Villa Ombrosa, un margen rasgado en una página del tratado de mineralogía de Georgius Agricola en la Biblioteca Real de Berlín, varios trozos de piedra caliza colocados entre los ladrillos de un trecho de la gran muralla china cercano al paso Juyong, una muesca en un adorno del gran cañón que se encuentra en la puerta del museo de Lahore. Nunca he vuelto a despertar dos veces en el mismo lugar. Nunca he tenido oportunidad de comprobar la existencia de mi pasado.
Esta mañana, al despertar, cuando le pregunté que me esperaba para el resto de la jornada, me dijo, Lo que haces siempre, imagino, leerás todo el día y te pondrás a escribir por la noche. Así que sin saber bien por donde empezar, o que orden dar a algo que más bien se caracteriza por su falta de orden, aunque no sin reglas, fui soltando la pluma por estas páginas, una marca más en la arena de mi historia. El día está terminando, y el final aun no lo conozco, ni sé por dónde ni cuándo queda, y la verdad tampoco me preocupa, porque todo final, he aprendido con el tiempo, no es más que otro principio. Por tanto, quizás sólo exista un único final posible, ese vértigo, ese momento en que era la noche, todo acababa de empezar.

11 comentarios:

Nicolás Aimetti dijo...

Finalmente me acordé de que tenía un blog!
Hubo poco movimiento en el verano, debe ser por el calor. Ahora que volvió el frío veremos que pasa.
Un cuento medio largo éste (para el blog al menos), pero bueno, quien tenga aguante tendrá con que entretenerse, y para los que ni en pedo leen más de dos párrafos en la compu ya volveré en breve con cosas más acotadas.
Sepan disculpar las demoras, espero que les guste el cuento, o al menos que no los aburra demasiado.

El Gaucho Santillán dijo...

Largo pero bien escrito. Muy entretenido, la idea es buena y bien desarrollada.

Un abrazo.

Nicolás Aimetti dijo...

Gracias, Gaucho!
El próximo sale más breve (y más rápido esperemos), posta. Igual creo que se van a venir un par más de largos en cualquier momento.
Abrazo.

MariaCe dijo...

Pero hombre, era hora, ya había creído que nos había abandonado a un mundo sin sus escritos.

Me gustó mucho. Tiene algo de inocente, se plasma muy bien la sensación de desvalimiento del protagonista frente a su suerte, y aún así el propósito de hacer las cosas lo mejor posible. Se podría llamar "Samsara", tranquilamente, el relato. Gracias!

Nicolás Aimetti dijo...

Mea culpa, MariaCe, a veces me tomo mi tiempo, pero siempre vuelvo.

Das siempre en el clavo con los comentarios: esa inocencia, el desvalimiento y las ganas de hacer las cosas lo mejor posible resumen bastante bien varias ideas, o sensaciones, que quería plasmar en el texto.

El cañon marcado en la puerta del museo de Lahore, al final, es una referencia a "Kim" (de Kipling), en donde se trata bastante sobre el tema del Samsara.

Gracias por pasar y comentar, y feliz cumpleaños!

wendy balsam dijo...

delicioso, Nicolás!
qué fascinante es la vida cuando uno se deja llevar por la escritura... Un tiempo al margen de todos, eso es la ficción, no? Nuestra realidad paralela....
mencantó!

Nicolás Aimetti dijo...

Gracias, Wendy!!!

La ficción, surge, siempre, de una intersección con la realidad, luego se aleja y, a veces, se torna paralela, alabeada, trasversal y hasta puede abandonar el espacio euclidiano, pero en tanto uno escribe (por dar un ejemplo), y de alguna forma consigue compartir ese otro universo, creo que éste vuelve a mezclarse con nuestro día a día, y lo hace más llevadero.

Pero sí, está bárbaro dejarse llevar por la escritura! Un gusto tenerla por estos pagos.

Natalia M. dijo...

Nico, por fin pude sentarme un rato a leer tu cuento!

El final me dejó pasmada! El relato mantiene un ritmo impresionante perfectamente rematado. Me encantó! Cada vez mejor lo tuyo, en serio.

Un beso

Nicolás Aimetti dijo...

Qué bueno que te haya gustado el final, Na, era lo que menos claro tenía cuando empecé a escribir el cuento. Más que nada por eso de que podía seguir y seguir todo lo que uno quisiera. Al final se resolvió por ese lado.
Besos.

licha dijo...

guaaaaaaauuuu!!!genial!!! aunq me dió miedito cuando justo se te ocurrió cambiar "la rutina" por desertar ... a ver si justo te quedabas estancado ahí?!!

saludos!!!! :P

Nicolás Aimetti dijo...

Habría que ver que pasaba, Licha, si uno se perdía en un día. Yo aun tengo la duda. Eso sí, hubiese elegido algún otro día, ese no pintaba muy bueno que digamos.
Gracias por comentar, me alegro que te haya gustado!